domingo, 31 de mayo de 2026

¿Dónde estás?

 

En una conferencia sobre Fátima que escuché recientemente, la hermana Ángela de Fátima Coelho, quien la daba, mencionó un episodio del Génesis, pero dándole un sentido en el que hasta ahora nunca había reparado. Es este episodio aquel en el que Dios baja a pasear por el Jardín del Edén a la hora del día en que sopla la brisa, y al no ver a Adán, pregunta “¿Dónde estás?” (Gn 3, 8-9). Lo que decía la hermana tiene mucho sentido y es de gran ayuda para entender el significado de la pregunta, que es mucho más profundo del que habitualmente se le atribuye. En primer lugar, la pregunta hace evidente algo que en sí mismo es inaudito y admirable, a saber, que Dios mismo, el Hacedor, el Creador de todo y de todos, desciende al lugar en que se encuentra su Creatura y la busca. Y todavía más, ¿cómo es posible que Aquel que todo lo sabe y que todo lo ve pregunte a su Creatura dónde se encuentra? La única explicación plausible parece ser que Dios sabe bien dónde se encuentra el hombre, pero también sabe que haciendo un mal uso de su libertad, se ha alejado de Él. Entonces sí que podemos entender la pregunta. No le está pidiendo que le informe de algo que ya sabe, sino que le está interpelando para que se atreva a verbalizar a dónde se fue cuando se apartó de su Creador. Y es ahora cuando la pregunta se hace actual para cada uno de nosotros, quienes a causa de la ignorancia del pecado nos hemos apartado de Dios y experimentamos el dolor y el sufrimiento de su ausencia. Ahora también nosotros podemos escuchar en lo más íntimo de nuestro ser la misma pregunta “¿Dónde estás?”. ¿Buscaremos también nosotros, como nuestro padre Adán, a alguien a quien culpar de nuestro propio error?

Pero en relación con aquella pregunta hay otra que bien puede ayudarnos a responder la primera, siempre que sepamos responderla correctamente. Esta pregunta es “¿Quién soy?” Si la respuesta es algo así como “Soy fulano de tal, esposo o esposa de tal, padre, madre, hijo o hija de tal…”, será esta una respuesta equivocada y nos llevará a errar en todo, pues si no sé quién soy, ¿cómo voy a saber lo que se espera de mí, aquello a lo que estoy destinado, aquello que da sentido a mi vida? Para responder correctamente a esa pregunta solo veo una opción posible, y es esta: “Soy aquel o aquella a quien Dios ama”. Solo esta respuesta puede dar sentido a mi vida y conducirme en ella. Sabiendo esto, seré también capaz de responder a la primera pregunta y decir: “Estoy donde debo estar, cerca del amor de Dios, todo lo cerca de que soy capaz, y rogándole que me conceda estarlo más todavía”. O bien: “Estoy alejado del amor de Dios”, con todo lo terrible que esa otra respuesta conlleva, pues de ser verdad, la vida será para nosotros algo obscuro e incomprensible, plagado de peligros, temores, angustias, inseguridades…

Y es que aquella primera pregunta que Dios hizo a Adán encierra en sí toda una teología, es decir, todo un tesoro de conocimiento del Ser de Dios. Y es porque con ella Dios está diciendo que no sólo existe y nos ha creado, sino que también nos busca porque nos ama.

PD: Por cierto, que la hora del día en que sopla la brisa, no es cualquier hora, es ese preciso momento en nuestra vida en que sopla el espíritu de Dios y nos habla al corazón.


domingo, 26 de octubre de 2025

El edificio

 

Si tuviese que resaltar uno solo de los logros del ser humano, creo que no dudaría en escoger el lenguaje, pues sin él, ninguno de los demás parece posible. Es el lenguaje el que nos permite aprender y transmitir el conocimiento, el que puede evitar las guerras haciendo posible la solución de las controversias sin violencia; el que permite a los hombres de hoy conocer el pensamiento y los afanes de los de ayer; el que deja constancia de los acontecimientos, el que permite a los enamorados descubrir su amor; en una palabra, el lenguaje hace posible la comunicación. Sin embargo, hoy es frecuente entre nosotros la sensación de que la comunicación resulta cada vez más difícil. Se habla y se escribe mucho, pero no hay verdadera comunicación. Pocos saben transmitir un pensamiento original y expresarlo con coherencia, y aun son menos los que están dispuestos a escuchar. La comunicación ha devenido insustancial, apresurada en el mejor de los casos, malintencionada o interesada en el peor. ¿Por qué sucede esto? Pienso que el lenguaje puede compararse con un gran edificio en el que las palabras son los ladrillos o los bloques de piedra que lo forman. Hay palabras -piedras, ladrillos-, que pueden ser intercambiadas, modificadas o renovadas porque no forman parte de la estructura sustentante del edificio, pero hay otras que sí forman parte de esa estructura y no pueden ser alteradas de ningún modo sin que el edificio se resienta. Creo firmemente que eso es lo que está ocurriendo de manera especialmente grave en nuestro tiempo. Las palabras que forman parte de la estructura fundamental del lenguaje han sido atacadas hasta el punto de que el lenguaje ha perdido consistencia. Es como si el edificio hubiese sido tocado en sus partes clave y amenazara ruina. ¿Y qué palabras son estas? Son palabras como Amor, Libertad, Justicia, Paz, Verdad, Conocimiento, Hombre, Mujer, Vida, Muerte, Esperanza, Fe… Estas palabras han perdido su significado originario, ya no tienen el mismo sentido que tenían para nuestros ancestros. Son palabras que están asentadas en los cimientos y en las claves de bóveda del edificio que nuestros padres levantaron siguiendo las instrucciones del arquitecto. Ahora ese edificio y esas instrucciones han sido despreciadas y se pretende construir un nuevo edificio con nuevas instrucciones y sin arquitecto. Pero esas palabras sostienen todas las demás; sin su presencia íntegra la comunicación -el edificio- deviene imposible. Creo que esa es la causa de que hoy nos resulte tan difícil comunicarnos.

lunes, 13 de octubre de 2025

¿La verdad o La Verdad?

 

 “Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Lo dices por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?” Pilato repuso: “¿Acaso soy yo judío? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Respondió Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que yo no fuese entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.” Pilato le dijo: “Entonces, ¿tú eres rey?” Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.” Pilato le dijo: Y ¿qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38)


En el corto pero intenso relato del diálogo entre Jesús y Pilato que está descrito en el evangelio según San Juan, hay dos visiones de la realidad totalmente contrapuestas. La de Pilato es la visión mundana, en la que la verdad es lo que en cada momento conviene a las circunstancias, aun cuando éstas sean tan reducidas como las dadas por los intereses de una persona o de una nación. La de Jesús, por el contrario, es una visión absoluta, visión que es imposible para el hombre, que no puede ver más allá de sus limitaciones, pero clara y diáfana para Dios.

Los hombres que, en palabras de Ortega y Gasset, tenemos algo de centauros, pues dos naturalezas se encuentran en nosotros, la animal y la espiritual, vivimos inmersos en la tensión entre dos visiones de la realidad que proceden de cada una de esas naturalezas. La visión puramente animal busca satisfacer las necesidades presentes; la visión puramente espiritual, por el contrario, busca satisfacer las necesidades que están más allá de la realidad presente. Ciertamente es difícil encontrar estas dos visiones en estado puro, lo normal es que se encuentren juntas en la persona humana variando tan solo su predominio, de ahí que nos encontremos con personas mundanas y con personas espirituales, según predomine en ellas la visión mundana de la realidad o la visión espiritual. La visión mundana pretende la salvación de lo material; la visión espiritual la salvación del espíritu. Lo primero no es posible, pues lo material está destinado a perderse, mas aquí solo interesa posponer su fin; lo segundo solo es posible por la fe, pues nadie puede pretender salvar aquello en cuya existencia no cree.

En este sentido, Cristo es el Maestro, el Buen Pastor que conduce a las ovejas a la salvación eterna. Sus enseñanzas y su ejemplo de vida desconciertan a los que solo creen en la verdad mundana. Él nos dice que vino a dar testimonio de la Verdad, y también que él mismo es la Verdad. Por tanto, la salvación del espíritu es posible para cada uno que cree en él y le sigue. Esta fe nos enfrentará muchas veces con la tendencia natural a dejarnos guiar por la visión mundana de la verdad. Si alguien me afrenta o me daña mi tendencia natural es responder del mismo modo, pero jamás surgirá en mí como respuesta natural el perdón y aún menos el amor. Sin embargo, a esto es a lo que nos invita la verdad espiritual que es Cristo. En esta disyuntiva tal vez resultará de ayuda preguntarse: 

“¿Qué salvación busco, la de aquí y ahora o la eterna?” “¿En quién creo, en este que me daña ahora o en el que vino a salvarme por amor y prometió quedarse conmigo hasta el fin del mundo?” 

Pero por mucho que creamos en la verdad de Cristo no podremos hacer vida esa fe si no nos mantenemos unidos a él en la oración y en la obediencia a sus dos mandamientos de amor. Tampoco podremos si no nos sentimos parte obediente y actuante de su Iglesia, que es la que él mismo fundó sobre Pedro.


domingo, 29 de junio de 2025

La Cruz

 

La cruz es el símbolo del cristiano; es el signo que hace cuando quiere santificar o invocar la protección y el auxilio de Dios en la Santísima Trinidad. Pero la cruz, antes de Cristo, era un instrumento de tortura y de muerte. No deja de asombrar que tal instrumento en el que se torturaba y ejecutaba a los condenados, se haya convertido en instrumento de salvación para la vida eterna. 

En la cruz están simbolizadas las dos creaciones de Dios, la primera, por amor, y la segunda, por misericordia. Sus brazos se extienden hacia los cuatro puntos cardinales señalando por un lado que Dios es el Creador, aquel por quien se vive y a quien todo retorna, y por el otro que la salvación se ofrece también a todos, pues Cristo murió en la cruz para salvar a todos y a cada uno abriendo los brazos para traer al mundo el abrazo del Padre. Por el sacrificio del Hijo ofrecido al Padre, la Creación entera es transformada, y lo que por el pecado se encontraba destinado a la muerte recibe un nuevo destino, la vida eterna. La cruz es el símbolo de la pasión y muerte de Jesús, quien por amor y obediencia se ofreció al Padre por nosotros. Por nuestro pecado su hermosísimo y puro cuerpo fue desfigurado; por nuestra soberbia y desobediencia aquel que es la vida experimentó la muerte, mas por él quedó vencida la muerte y redimido el pecado. 

Es difícil de imaginar un padecimiento mayor que el que sufría un condenado a muerte por crucifixión. En el caso de Jesús, estos padecimientos, tanto físicos como morales, se vieron aumentados por la detención y el juicio inicuos, por las ofensas y humillaciones, por la flagelación y coronación de espinas, por el abandono de sus discípulos y seguidores… Pero él lo transformó todo, dio sentido al sufrimiento que, hasta entonces, era sin sentido. Seguir a Cristo es dar sentido a todo lo que viene a nuestra vida, a lo bueno como don de Dios y a lo malo como purificación del pecado y como ofrenda a Él por la salvación de las almas. Incluso la muerte cobra sentido, porque ya no es el fin, sino el comienzo de una nueva vida en la plenitud del gozo en la gloria del Hijo de Dios. Y en ese seguimiento de Jesús, María es nuestra maestra, pues ella es la primera seguidora; la que ya le amaba y adoraba incluso antes de nacer. 

En cambio, lejos de Cristo el sufrimiento no tiene sentido, es un dolor inextinguible que se alimenta a sí mismo al no encontrar explicación ni razón en una vida sin objeto ni meta cuyo fin se cierne más próximo cada día que pasa. Por eso, al contemplar a Cristo, podemos exclamar con San Agustín:


¡Feliz culpa que mereció tal redentor!”

domingo, 22 de junio de 2025

Un cuento


Había un gran rey. Este rey, que era grande por su poder, por su sabiduría y por su bondad, fue a visitar una población de las que se encontraban en su territorio. Cuando los ciudadanos de esa población supieron de la visita del rey, algunos se ofrecieron para colaborar en los preparativos y ayudar a que todo estuviera preparado para recibir a tan importante persona. Llegó el día de la visita y todos se dirigieron a donde se encontraba el rey para mostrarle su respeto y acatamiento, pero hubo algunos que se excusaron y otros que, aun habiendo ido, no se presentaron ataviados como era debido, ni pronunciaron las fórmulas de respeto y acatamiento, ni se inclinaron ante el rey. Terminada la ceremonia, el rey ordenó que se diera una insignia a todos los que le habían agasajado como correspondía a su dignidad, pero los que no fueron y los que no le cumplimentaron como era debido no recibieron la insignia.


Al poco tiempo hubo otro reino que se levantó en armas contra el rey, y sus tropas avanzaron y penetraron en las ciudades y poblados de aquel reino. Pero el rey tenía buenos soldados bien entrenados, que se opusieron a las tropas asaltantes, si bien recibieron la orden de no proteger aquellas casas en las que no se hubiera colocado la insignia del rey sobre la puerta. Así, los que no habían recibido la insignia del rey, presas del pánico, se vieron obligados a huir y muchos de ellos fueron apresados por los enemigos y sometidos a horribles torturas o vendidos como esclavos, y fue grande su ruina.



Los tres alimentos

 

Tres alimentos tiene el cristiano:


La Palabra de Dios


“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”

(Mt 4:4)


La Eucaristía


“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

(Jn 6: 35)


Hacer la voluntad del Padre:


Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis (…) Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.”

(Jn 4, 32-34).


Estos son los tres alimentos del cristiano y ninguno puede faltarle, pues si alguno le falta sufrirá de inanición y desfallecerá en el camino, pero los tres han de ser ofrecidos sobre el mantel de la oración.

sábado, 21 de junio de 2025

Bartimeo


Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le contestó: «Rabbuní, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. 

(Mc 10, 46-56)


Se ha dicho que el cristianismo no es una religión, ni una filosofía, ni un modo de vida, sino que es un encuentro con una persona, Jesús. En este episodio del evangelio de Marcos asistimos a uno de esos encuentros. No sabemos qué fue de Bartimeo después de este encuentro, aunque las últimas palabras que se refieren a él son muy reveladoras: 

“Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino” 

Lo cierto y objetivo es que antes de encontrarse con Jesús, Bartimeo mendigaba sentado al borde del camino impedido por su ceguera. Tras recobrar la vista, la vida de Bartimeo tuvo que experimentar un gran cambio, pero hay un detalle sobre el que me gustaría reflexionar, y es que Jesús le devolvió la vista, pero le dejó libre para mirar a donde quisiera. Jesús, que es el Amor del Padre hecho hombre, no le exigió nada a cambio de su don. Así es el amor, espera correspondencia, pero no la exige, porque si exigiera no respetaría la libertad del amado, y el amor deja de ser amor si no es un acto libre de la voluntad. Es frecuente confundir el amor con un sentimiento, pero aunque en el amor hay sentimiento, el amor no se identifica con el sentimiento. Los sentimientos no dependen de la voluntad; estos son inestables, pasajeros y a menudo caprichosos, mientras que el amor es firme, perdurable y fundado en un acto de voluntad. ¿Cómo si no sería posible cumplir el mandato de Jesús que dice:


 “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos.” 

(Mt 5, 44-45)