A priori parece fácil afirmar y reconocer como verdadero que toda persona tiene dignidad. Que esta dignidad sea única, irrenunciable e inalienable tal vez cueste un poco más de admitir, pero responder a la pregunta de dónde reside esa dignidad puede resultar mucho más complicado. Tal vez podamos decir que reside simplemente en el hecho de ser persona, de haber nacido como ser humano. Sin embargo, cuando se mira la historia pasada y los hechos actuales, uno puede ver cómo se ha despreciado y se desprecia tan a menudo la dignidad del ser humano, llegando al extremo de quitarle la vida al no considerarla valiosa ni necesaria, sino solo un obstáculo que hay que apartar para conseguir un fin a menudo deleznable e inconfesable. Precisamente aquellos que han querido erigirse en salvadores de los pueblos son los que más muertes acumulan a sus espaldas.
En la actualidad los Estados que se autodenominan “progresistas” buscan incluir el aborto y la eutanasia como derechos en las cartas magnas por las que han de regirse sus sociedades. Tras ello queda patente más o menos disfrazada, la afirmación de que la vida solo es digna de ser vivida cuando es deseada. Así pues, el deseo se ha erigido en ley, y ley que llega al extremo de expulsar a un ser humano de la vida en un acto que se quiere presentar como de ejercicio de la libertad. Frente a esta barbarie y confusión de las ideas resulta difícil fundamentar la dignidad de la persona. ¿Cómo hacerlo si no es admitiendo que el ser humano no se ha dado la vida a sí mismo sino que la ha recibido? Y no solo eso, sino que la ha recibido para algo, no caprichosamente. Es decir, todo ser humano ha nacido por un acto de voluntad dirigido a permitirle alcanzar algo que queda fuera de su horizonte más cercano. Con razón se ha dicho que la cuestión hoy en día no es si Dios existe, sino si ha hablado. Y es que afirmar que Dios existe para dejarlo luego al margen de la propia existencia viene a ser más o menos lo mismo o incluso peor que declararse abiertamente ateo.
Entonces, si Dios existe y me ha dado la vida para que pueda alcanzar algo que no puedo conocer más que a través de su Palabra mi vida adquiere sentido y dignidad, de manera que no puedo negar o quitar a otro su derecho a vivir ni tampoco renunciar a mi propia vida sin atentar contra esa dignidad que se fundamenta en Dios mismo. Asumir en mi vida esa búsqueda de sentido con valor y honestidad se convierte en mi tarea, así como también el ayudar y favorecer a otros para que puedan hacer lo mismo. Cuando uno toma contacto con la Palabra de Dios manifestada en las Escrituras, cuando uno conoce, aunque sea mínimamente, la vida de los santos, cuando uno contempla las manifestaciones de Dios a lo largo de los siglos hasta llegar al momento presente, no puede menos que experimentar en lo más hondo un sentimiento de profunda aceptación de su voluntad y también de asombro ante su bondad y misericordia para con el ser humano, pues todo lo ha hecho y todo lo permite para nuestro bien.
Entonces puedo verme a mí mismo y también a los demás, no como islas a la deriva, sino como recipientes de la divina misericordia. Entonces es cuando advierto que todo lo he recibido y que mi libertad consiste no en hacer lo que me apetezca en cada momento, sino en hacer buen uso de todo lo que me ha sido dado. Pero también me doy cuenta, y más con el paso de los años, que no solo soy recipiente de la misericordia de Dios, sino también instrumento de ella, y que esto se pone de manifiesto cuando soy medio para ayudar o beneficiar a otros, pero también cuando me dejo ayudar por los demás. ¿Y qué mayor dignidad puede haber que ser nada menos que recipiente o instrumento de la misericordia del mismo Dios? Por eso es aun más doloroso utilizar este precioso don recibido de Él para ir en contra del más precioso de los dones, la vida, matriz de todos los demás dones.