miércoles, 30 de septiembre de 2026

Dignidad

 

A priori parece fácil afirmar y reconocer como verdadero que toda persona tiene dignidad. Que esta dignidad sea única, irrenunciable e inalienable tal vez cueste un poco más de admitir, pero responder a la pregunta de dónde reside esa dignidad puede resultar mucho más complicado. Tal vez podamos decir que reside simplemente en el hecho de ser persona, de haber nacido como ser humano. Sin embargo, cuando se mira la historia pasada y los hechos actuales, uno puede ver cómo se ha despreciado y se desprecia tan a menudo la dignidad del ser humano, llegando al extremo de quitarle la vida al no considerarla valiosa ni necesaria, sino solo un obstáculo que hay que apartar para conseguir un fin a menudo deleznable e inconfesable. Precisamente aquellos que han querido erigirse en salvadores de los pueblos son los que más muertes acumulan a sus espaldas. 

En la actualidad los Estados que se autodenominan “progresistas” buscan incluir el aborto y la eutanasia como derechos en las cartas magnas por las que han de regirse sus sociedades. Tras ello queda patente más o menos disfrazada, la afirmación de que la vida solo es digna de ser vivida cuando es deseada. Así pues, el deseo se ha erigido en ley, y ley que llega al extremo de expulsar a un ser humano de la vida en un acto que se quiere presentar como de ejercicio de la libertad. Frente a esta barbarie y confusión de las ideas resulta difícil fundamentar la dignidad de la persona. ¿Cómo hacerlo si no es admitiendo que el ser humano no se ha dado la vida a sí mismo sino que la ha recibido? Y no solo eso, sino que la ha recibido para algo, no caprichosamente. Es decir, todo ser humano ha nacido por un acto de voluntad dirigido a permitirle alcanzar algo que queda fuera de su horizonte más cercano. Con razón se ha dicho que la cuestión hoy en día no es si Dios existe, sino si ha hablado. Y es que afirmar que Dios existe para dejarlo luego al margen de la propia existencia viene a ser más o menos lo mismo o incluso peor que declararse abiertamente ateo. 

Entonces, si Dios existe y me ha dado la vida para que pueda alcanzar algo que no puedo conocer más que a través de su Palabra mi vida adquiere sentido y dignidad, de manera que no puedo negar o quitar a otro su derecho a vivir ni tampoco renunciar a mi propia vida sin atentar contra esa dignidad que se fundamenta en Dios mismo. Asumir en mi vida esa búsqueda de sentido con valor y honestidad se convierte en mi tarea, así como también el ayudar y favorecer a otros para que puedan hacer lo mismo. Cuando uno toma contacto con la Palabra de Dios manifestada en las Escrituras, cuando uno conoce, aunque sea mínimamente, la vida de los santos, cuando uno contempla las manifestaciones de Dios a lo largo de los siglos hasta llegar al momento presente, no puede menos que experimentar en lo más hondo un sentimiento de profunda aceptación de su voluntad y también de asombro ante su bondad y misericordia para con el ser humano, pues todo lo ha hecho y todo lo permite para nuestro bien. 

Entonces puedo verme a mí mismo y también a los demás, no como islas a la deriva, sino como recipientes de la divina misericordia. Entonces es cuando advierto que todo lo he recibido y que mi libertad consiste no en hacer lo que me apetezca en cada momento, sino en hacer buen uso de todo lo que me ha sido dado. Pero también me doy cuenta, y más con el paso de los años, que no solo soy recipiente de la misericordia de Dios, sino también instrumento de ella, y que esto se pone de manifiesto cuando soy medio para ayudar o beneficiar a otros, pero también cuando me dejo ayudar por los demás. ¿Y qué mayor dignidad puede haber que ser nada menos que recipiente o instrumento de la misericordia del mismo Dios? Por eso es aun más doloroso utilizar este precioso don recibido de Él para ir en contra del más precioso de los dones, la vida, matriz de todos los demás dones.


domingo, 31 de mayo de 2026

¿Dónde estás?

 

En una conferencia sobre Fátima que escuché recientemente, la hermana Ángela de Fátima Coelho, quien la daba, mencionó un episodio del Génesis, pero dándole un sentido en el que hasta ahora nunca había reparado. Es este episodio aquel en el que Dios baja a pasear por el Jardín del Edén a la hora del día en que sopla la brisa, y al no ver a Adán, pregunta “¿Dónde estás?” (Gn 3, 8-9). Lo que decía la hermana tiene mucho sentido y es de gran ayuda para entender el significado de la pregunta, que es mucho más profundo del que habitualmente se le atribuye. En primer lugar, la pregunta hace evidente algo que en sí mismo es inaudito y admirable, a saber, que Dios mismo, el Hacedor, el Creador de todo y de todos, desciende al lugar en que se encuentra su Creatura y la busca. Y todavía más, ¿cómo es posible que Aquel que todo lo sabe y que todo lo ve pregunte a su Creatura dónde se encuentra? La única explicación plausible parece ser que Dios sabe bien dónde se encuentra el hombre, pero también sabe que haciendo un mal uso de su libertad, se ha alejado de Él. Entonces sí que podemos entender la pregunta. No le está pidiendo que le informe de algo que ya sabe, sino que le está interpelando para que se atreva a verbalizar a dónde se fue cuando se apartó de su Creador. Y es ahora cuando la pregunta se hace actual para cada uno de nosotros, quienes a causa de la ignorancia del pecado nos hemos apartado de Dios y experimentamos el dolor y el sufrimiento de su ausencia. Ahora también nosotros podemos escuchar en lo más íntimo de nuestro ser la misma pregunta “¿Dónde estás?”. ¿Buscaremos también nosotros, como nuestro padre Adán, a alguien a quien culpar de nuestro propio error?

Pero en relación con aquella pregunta hay otra que bien puede ayudarnos a responder la primera, siempre que sepamos responderla correctamente. Esta pregunta es “¿Quién soy?” Si la respuesta es algo así como “Soy fulano de tal, esposo o esposa de tal, padre, madre, hijo o hija de tal…”, será esta una respuesta equivocada y nos llevará a errar en todo, pues si no sé quién soy, ¿cómo voy a saber lo que se espera de mí, aquello a lo que estoy destinado, aquello que da sentido a mi vida? Para responder correctamente a esa pregunta solo veo una opción posible, y es esta: “Soy aquel o aquella a quien Dios ama”. Solo esta respuesta puede dar sentido a mi vida y conducirme en ella. Sabiendo esto, seré también capaz de responder a la primera pregunta y decir: “Estoy donde debo estar, cerca del amor de Dios, todo lo cerca de que soy capaz, y rogándole que me conceda estarlo más todavía”. O bien: “Estoy alejado del amor de Dios”, con todo lo terrible que esa otra respuesta conlleva, pues de ser verdad, la vida será para nosotros algo obscuro e incomprensible, plagado de peligros, temores, angustias, inseguridades…

Y es que aquella primera pregunta que Dios hizo a Adán encierra en sí toda una teología, es decir, todo un tesoro de conocimiento del Ser de Dios. Y es porque con ella Dios está diciendo que no sólo existe y nos ha creado, sino que también nos busca porque nos ama.

PD: Por cierto, que la hora del día en que sopla la brisa, no es cualquier hora, es ese preciso momento en nuestra vida en que sopla el espíritu de Dios y nos habla al corazón.