domingo, 31 de mayo de 2026

¿Dónde estás?

 

En una conferencia sobre Fátima que escuché recientemente, la hermana Ángela de Fátima Coelho, quien la daba, mencionó un episodio del Génesis, pero dándole un sentido en el que hasta ahora nunca había reparado. Es este episodio aquel en el que Dios baja a pasear por el Jardín del Edén a la hora del día en que sopla la brisa, y al no ver a Adán, pregunta “¿Dónde estás?” (Gn 3, 8-9). Lo que decía la hermana tiene mucho sentido y es de gran ayuda para entender el significado de la pregunta, que es mucho más profundo del que habitualmente se le atribuye. En primer lugar, la pregunta hace evidente algo que en sí mismo es inaudito y admirable, a saber, que Dios mismo, el Hacedor, el Creador de todo y de todos, desciende al lugar en que se encuentra su Creatura y la busca. Y todavía más, ¿cómo es posible que Aquel que todo lo sabe y que todo lo ve pregunte a su Creatura dónde se encuentra? La única explicación plausible parece ser que Dios sabe bien dónde se encuentra el hombre, pero también sabe que haciendo un mal uso de su libertad, se ha alejado de Él. Entonces sí que podemos entender la pregunta. No le está pidiendo que le informe de algo que ya sabe, sino que le está interpelando para que se atreva a verbalizar a dónde se fue cuando se apartó de su Creador. Y es ahora cuando la pregunta se hace actual para cada uno de nosotros, quienes a causa de la ignorancia del pecado nos hemos apartado de Dios y experimentamos el dolor y el sufrimiento de su ausencia. Ahora también nosotros podemos escuchar en lo más íntimo de nuestro ser la misma pregunta “¿Dónde estás?”. ¿Buscaremos también nosotros, como nuestro padre Adán, a alguien a quien culpar de nuestro propio error?

Pero en relación con aquella pregunta hay otra que bien puede ayudarnos a responder la primera, siempre que sepamos responderla correctamente. Esta pregunta es “¿Quién soy?” Si la respuesta es algo así como “Soy fulano de tal, esposo o esposa de tal, padre, madre, hijo o hija de tal…”, será esta una respuesta equivocada y nos llevará a errar en todo, pues si no sé quién soy, ¿cómo voy a saber lo que se espera de mí, aquello a lo que estoy destinado, aquello que da sentido a mi vida? Para responder correctamente a esa pregunta solo veo una opción posible, y es esta: “Soy aquel o aquella a quien Dios ama”. Solo esta respuesta puede dar sentido a mi vida y conducirme en ella. Sabiendo esto, seré también capaz de responder a la primera pregunta y decir: “Estoy donde debo estar, cerca del amor de Dios, todo lo cerca de que soy capaz, y rogándole que me conceda estarlo más todavía”. O bien: “Estoy alejado del amor de Dios”, con todo lo terrible que esa otra respuesta conlleva, pues de ser verdad, la vida será para nosotros algo obscuro e incomprensible, plagado de peligros, temores, angustias, inseguridades…

Y es que aquella primera pregunta que Dios hizo a Adán encierra en sí toda una teología, es decir, todo un tesoro de conocimiento del Ser de Dios. Y es porque con ella Dios está diciendo que no sólo existe y nos ha creado, sino que también nos busca porque nos ama.

PD: Por cierto, que la hora del día en que sopla la brisa, no es cualquier hora, es ese preciso momento en nuestra vida en que sopla el espíritu de Dios y nos habla al corazón.


domingo, 26 de octubre de 2025

El edificio

 

Si tuviese que resaltar uno solo de los logros del ser humano, creo que no dudaría en escoger el lenguaje, pues sin él, ninguno de los demás parece posible. Es el lenguaje el que nos permite aprender y transmitir el conocimiento, el que puede evitar las guerras haciendo posible la solución de las controversias sin violencia; el que permite a los hombres de hoy conocer el pensamiento y los afanes de los de ayer; el que deja constancia de los acontecimientos, el que permite a los enamorados descubrir su amor; en una palabra, el lenguaje hace posible la comunicación. Sin embargo, hoy es frecuente entre nosotros la sensación de que la comunicación resulta cada vez más difícil. Se habla y se escribe mucho, pero no hay verdadera comunicación. Pocos saben transmitir un pensamiento original y expresarlo con coherencia, y aun son menos los que están dispuestos a escuchar. La comunicación ha devenido insustancial, apresurada en el mejor de los casos, malintencionada o interesada en el peor. ¿Por qué sucede esto? Pienso que el lenguaje puede compararse con un gran edificio en el que las palabras son los ladrillos o los bloques de piedra que lo forman. Hay palabras -piedras, ladrillos-, que pueden ser intercambiadas, modificadas o renovadas porque no forman parte de la estructura sustentante del edificio, pero hay otras que sí forman parte de esa estructura y no pueden ser alteradas de ningún modo sin que el edificio se resienta. Creo firmemente que eso es lo que está ocurriendo de manera especialmente grave en nuestro tiempo. Las palabras que forman parte de la estructura fundamental del lenguaje han sido atacadas hasta el punto de que el lenguaje ha perdido consistencia. Es como si el edificio hubiese sido tocado en sus partes clave y amenazara ruina. ¿Y qué palabras son estas? Son palabras como Amor, Libertad, Justicia, Paz, Verdad, Conocimiento, Hombre, Mujer, Vida, Muerte, Esperanza, Fe… Estas palabras han perdido su significado originario, ya no tienen el mismo sentido que tenían para nuestros ancestros. Son palabras que están asentadas en los cimientos y en las claves de bóveda del edificio que nuestros padres levantaron siguiendo las instrucciones del arquitecto. Ahora ese edificio y esas instrucciones han sido despreciadas y se pretende construir un nuevo edificio con nuevas instrucciones y sin arquitecto. Pero esas palabras sostienen todas las demás; sin su presencia íntegra la comunicación -el edificio- deviene imposible. Creo que esa es la causa de que hoy nos resulte tan difícil comunicarnos.

lunes, 13 de octubre de 2025

¿La verdad o La Verdad?

 

 “Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Lo dices por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?” Pilato repuso: “¿Acaso soy yo judío? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Respondió Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que yo no fuese entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.” Pilato le dijo: “Entonces, ¿tú eres rey?” Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.” Pilato le dijo: Y ¿qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38)


En el corto pero intenso relato del diálogo entre Jesús y Pilato que está descrito en el evangelio según San Juan, hay dos visiones de la realidad totalmente contrapuestas. La de Pilato es la visión mundana, en la que la verdad es lo que en cada momento conviene a las circunstancias, aun cuando éstas sean tan reducidas como las dadas por los intereses de una persona o de una nación. La de Jesús, por el contrario, es una visión absoluta, visión que es imposible para el hombre, que no puede ver más allá de sus limitaciones, pero clara y diáfana para Dios.

Los hombres que, en palabras de Ortega y Gasset, tenemos algo de centauros, pues dos naturalezas se encuentran en nosotros, la animal y la espiritual, vivimos inmersos en la tensión entre dos visiones de la realidad que proceden de cada una de esas naturalezas. La visión puramente animal busca satisfacer las necesidades presentes; la visión puramente espiritual, por el contrario, busca satisfacer las necesidades que están más allá de la realidad presente. Ciertamente es difícil encontrar estas dos visiones en estado puro, lo normal es que se encuentren juntas en la persona humana variando tan solo su predominio, de ahí que nos encontremos con personas mundanas y con personas espirituales, según predomine en ellas la visión mundana de la realidad o la visión espiritual. La visión mundana pretende la salvación de lo material; la visión espiritual la salvación del espíritu. Lo primero no es posible, pues lo material está destinado a perderse, mas aquí solo interesa posponer su fin; lo segundo solo es posible por la fe, pues nadie puede pretender salvar aquello en cuya existencia no cree.

En este sentido, Cristo es el Maestro, el Buen Pastor que conduce a las ovejas a la salvación eterna. Sus enseñanzas y su ejemplo de vida desconciertan a los que solo creen en la verdad mundana. Él nos dice que vino a dar testimonio de la Verdad, y también que él mismo es la Verdad. Por tanto, la salvación del espíritu es posible para cada uno que cree en él y le sigue. Esta fe nos enfrentará muchas veces con la tendencia natural a dejarnos guiar por la visión mundana de la verdad. Si alguien me afrenta o me daña mi tendencia natural es responder del mismo modo, pero jamás surgirá en mí como respuesta natural el perdón y aún menos el amor. Sin embargo, a esto es a lo que nos invita la verdad espiritual que es Cristo. En esta disyuntiva tal vez resultará de ayuda preguntarse: 

“¿Qué salvación busco, la de aquí y ahora o la eterna?” “¿En quién creo, en este que me daña ahora o en el que vino a salvarme por amor y prometió quedarse conmigo hasta el fin del mundo?” 

Pero por mucho que creamos en la verdad de Cristo no podremos hacer vida esa fe si no nos mantenemos unidos a él en la oración y en la obediencia a sus dos mandamientos de amor. Tampoco podremos si no nos sentimos parte obediente y actuante de su Iglesia, que es la que él mismo fundó sobre Pedro.


domingo, 29 de junio de 2025

La Cruz

 

La cruz es el símbolo del cristiano; es el signo que hace cuando quiere santificar o invocar la protección y el auxilio de Dios en la Santísima Trinidad. Pero la cruz, antes de Cristo, era un instrumento de tortura y de muerte. No deja de asombrar que tal instrumento en el que se torturaba y ejecutaba a los condenados, se haya convertido en instrumento de salvación para la vida eterna. 

En la cruz están simbolizadas las dos creaciones de Dios, la primera, por amor, y la segunda, por misericordia. Sus brazos se extienden hacia los cuatro puntos cardinales señalando por un lado que Dios es el Creador, aquel por quien se vive y a quien todo retorna, y por el otro que la salvación se ofrece también a todos, pues Cristo murió en la cruz para salvar a todos y a cada uno abriendo los brazos para traer al mundo el abrazo del Padre. Por el sacrificio del Hijo ofrecido al Padre, la Creación entera es transformada, y lo que por el pecado se encontraba destinado a la muerte recibe un nuevo destino, la vida eterna. La cruz es el símbolo de la pasión y muerte de Jesús, quien por amor y obediencia se ofreció al Padre por nosotros. Por nuestro pecado su hermosísimo y puro cuerpo fue desfigurado; por nuestra soberbia y desobediencia aquel que es la vida experimentó la muerte, mas por él quedó vencida la muerte y redimido el pecado. 

Es difícil de imaginar un padecimiento mayor que el que sufría un condenado a muerte por crucifixión. En el caso de Jesús, estos padecimientos, tanto físicos como morales, se vieron aumentados por la detención y el juicio inicuos, por las ofensas y humillaciones, por la flagelación y coronación de espinas, por el abandono de sus discípulos y seguidores… Pero él lo transformó todo, dio sentido al sufrimiento que, hasta entonces, era sin sentido. Seguir a Cristo es dar sentido a todo lo que viene a nuestra vida, a lo bueno como don de Dios y a lo malo como purificación del pecado y como ofrenda a Él por la salvación de las almas. Incluso la muerte cobra sentido, porque ya no es el fin, sino el comienzo de una nueva vida en la plenitud del gozo en la gloria del Hijo de Dios. Y en ese seguimiento de Jesús, María es nuestra maestra, pues ella es la primera seguidora; la que ya le amaba y adoraba incluso antes de nacer. 

En cambio, lejos de Cristo el sufrimiento no tiene sentido, es un dolor inextinguible que se alimenta a sí mismo al no encontrar explicación ni razón en una vida sin objeto ni meta cuyo fin se cierne más próximo cada día que pasa. Por eso, al contemplar a Cristo, podemos exclamar con San Agustín:


¡Feliz culpa que mereció tal redentor!”

domingo, 22 de junio de 2025

Un cuento


Había un gran rey. Este rey, que era grande por su poder, por su sabiduría y por su bondad, fue a visitar una población de las que se encontraban en su territorio. Cuando los ciudadanos de esa población supieron de la visita del rey, algunos se ofrecieron para colaborar en los preparativos y ayudar a que todo estuviera preparado para recibir a tan importante persona. Llegó el día de la visita y todos se dirigieron a donde se encontraba el rey para mostrarle su respeto y acatamiento, pero hubo algunos que se excusaron y otros que, aun habiendo ido, no se presentaron ataviados como era debido, ni pronunciaron las fórmulas de respeto y acatamiento, ni se inclinaron ante el rey. Terminada la ceremonia, el rey ordenó que se diera una insignia a todos los que le habían agasajado como correspondía a su dignidad, pero los que no fueron y los que no le cumplimentaron como era debido no recibieron la insignia.


Al poco tiempo hubo otro reino que se levantó en armas contra el rey, y sus tropas avanzaron y penetraron en las ciudades y poblados de aquel reino. Pero el rey tenía buenos soldados bien entrenados, que se opusieron a las tropas asaltantes, si bien recibieron la orden de no proteger aquellas casas en las que no se hubiera colocado la insignia del rey sobre la puerta. Así, los que no habían recibido la insignia del rey, presas del pánico, se vieron obligados a huir y muchos de ellos fueron apresados por los enemigos y sometidos a horribles torturas o vendidos como esclavos, y fue grande su ruina.



Los tres alimentos

 

Tres alimentos tiene el cristiano:


La Palabra de Dios


“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”

(Mt 4:4)


La Eucaristía


“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

(Jn 6: 35)


Hacer la voluntad del Padre:


Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis (…) Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.”

(Jn 4, 32-34).


Estos son los tres alimentos del cristiano y ninguno puede faltarle, pues si alguno le falta sufrirá de inanición y desfallecerá en el camino, pero los tres han de ser ofrecidos sobre el mantel de la oración.

sábado, 21 de junio de 2025

Bartimeo


Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le contestó: «Rabbuní, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. 

(Mc 10, 46-56)


Se ha dicho que el cristianismo no es una religión, ni una filosofía, ni un modo de vida, sino que es un encuentro con una persona, Jesús. En este episodio del evangelio de Marcos asistimos a uno de esos encuentros. No sabemos qué fue de Bartimeo después de este encuentro, aunque las últimas palabras que se refieren a él son muy reveladoras: 

“Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino” 

Lo cierto y objetivo es que antes de encontrarse con Jesús, Bartimeo mendigaba sentado al borde del camino impedido por su ceguera. Tras recobrar la vista, la vida de Bartimeo tuvo que experimentar un gran cambio, pero hay un detalle sobre el que me gustaría reflexionar, y es que Jesús le devolvió la vista, pero le dejó libre para mirar a donde quisiera. Jesús, que es el Amor del Padre hecho hombre, no le exigió nada a cambio de su don. Así es el amor, espera correspondencia, pero no la exige, porque si exigiera no respetaría la libertad del amado, y el amor deja de ser amor si no es un acto libre de la voluntad. Es frecuente confundir el amor con un sentimiento, pero aunque en el amor hay sentimiento, el amor no se identifica con el sentimiento. Los sentimientos no dependen de la voluntad; estos son inestables, pasajeros y a menudo caprichosos, mientras que el amor es firme, perdurable y fundado en un acto de voluntad. ¿Cómo si no sería posible cumplir el mandato de Jesús que dice:


 “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos.” 

(Mt 5, 44-45)


domingo, 15 de junio de 2025

Dios es misterio

 

Dios es misterio, pero sobre todo es Amor. Es misterio porque no puede ser comprendido. Es Amor porque todo cuanto hay vive y existe por Él y en Él, y de su Amor recibimos todo bien. Puesto que nos ama, desea nuestro bien, pero no hay mayor bien que Él mismo, y es por eso que se da a nosotros. Esto, que permanecía oculto, lo hemos visto en la historia con la venida de Cristo al mundo. Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo para dar a conocer al Padre. Jesús es el abrazo amoroso del Padre que quiere atraer a todos hacia Sí. Cuando el ser humano no lo recibe ofende a Dios, pero esto no es sino una forma de hablar, pues Él no puede ser ofendido en modo alguno, ya que nada le falta ni nada puede serle arrebatado. ¿Qué ocurre entonces? Ocurre que su Amor es despreciado y que el mal, la oscuridad, es preferida al Bien, a la Luz. Esto daña al hombre y esa es la ofensa, dañar lo que Él ha amado. No hay castigo, sino daño auto infligido. ¿Cómo podemos esperar no sufrir si rechazamos nuestro Bien? Pero Él no se cansa de llamar, si bien con Jesús entramos en el final de los tiempos. Este es el tiempo de acoger su llamada, cada vez más clara, cada vez más insistente.

Jesús nos ha dado a conocer al Padre, que es Amor y Misericordia, y al Hijo, que es el Logos, la Palabra de Dios hecha carne; y tras su muerte en la Cruz, tal como había prometido, nos fue enviado el Espíritu Santo de parte del Padre y del Hijo, para acompañarnos, enseñarnos y consolarnos. La Santísima Trinidad está prefigurada en el Cosmos, que es figura del Padre; en el Sol, que es figura del Hijo; y en la acción de ellos sobre la Creación, que se manifiesta en la luz, el calor, la lluvia y todo lo demás que da la vida y la sostiene, que es figura del Espíritu Santo.

domingo, 8 de junio de 2025

¿Qué libro leo?


Recuerdo que siendo adolescente leí la obra de Hemingway , “El viejo y el mar”. Me impactó mucho, tanto que durante mucho tiempo la consideré mi obra literaria favorita. Aun siendo muy joven cuando la leí, intuí que era una evocadora alegoría de la vida humana. El esfuerzo largo y continuado del hombre por lograr aquello que desea y la inexorable fatalidad del mundo que poco a poco le va despojando de todo hasta dejarle sin nada. Es un libro lleno de simbolismos, todos presentados con ese lenguaje conciso y directo, tan personal en el estilo de Hemingway:


Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream…”


El viejo llevaba mucho tiempo “salao”, es decir, saliendo a la mar, pero sin coger nada que mereciera la pena. Aquel día tuvo la gran suerte de enganchar un gran pez, tan grande que no le era posible meterlo en el bote, pues “era dos pies más largo”. Entonces se resignó a dejarse remolcar por él mientras el gran animal luchaba por su vida. Muerto el pez, en el trayecto de vuelta los tiburones van devorando la presa a pesar de todos los esfuerzos del viejo por ahuyentarlos. Así, cuando por fin llega a puerto solo queda el esqueleto del pez como testigo de la larga lucha. Es la vida misma cuando, solos en el bote, por mucho que hayamos conseguido, todo lo vamos perdiendo por el camino. Y lo que no se haya perdido tendremos que dejarlo al morir.

¡Qué diferente de esa otra pesca, la de los evangelios! Allí los apóstoles, guiados por Jesús arrojan las redes y las sacan llenas de peces a reventar (Jn 21, 1-11). Hay también aquí una alegoría de la vida cuando no está centrada en los bienes del mundo, sino en los del espíritu. Esos que no pueden sernos arrebatados, pues es el mismo Jesús, el mismo espíritu, quien los da. Cuando son estos bienes los que buscamos sobre todos los demás no tenemos miedo a que nos sean arrebatados. Ni siquiera la muerte puede quitárnoslos, pues Jesús ha vencido a la muerte.

Pues bien, estos son los dos libros que podemos leer en el tiempo que se nos da. Si leemos el primero el cansancio y el desaliento acaban dominando nuestra vida, exactamente igual a como le ocurre al viejo de la historia. En cambio, si leemos el segundo podemos decir y sentir como el apóstol, cuando dice “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Filipenses 4:13). Así pues, podemos tomar muchas decisiones, algunas acertadas, otras no, pero la realmente importante es esta: 


¿Qué libro estoy leyendo?


miércoles, 8 de enero de 2025

Matar al sol

Quién no se ha extasiado al contemplar un amanecer o una puesta de sol. Quién no ha quedado maravillado de ver tantas tonalidades, luces y sombras y el color dorado que toman las cosas acariciadas por el sol en esos momentos. El despuntar del día y su ocaso son momentos muy especiales para contemplar, para parar un momento y dejarse inundar y asombrar por la maravilla de la creación. El sol no es la divinidad, como algunas culturas han creído, pero sí es un símbolo de ella. El sol y la lluvia, cuyo ciclo no sería posible sin el primero, dan vida a todo. Hasta el misterio de la Trinidad parece encontrarse simbolizado en el sol, en el cual hay luz, hay calor, y hay también el efecto que estos dos producen en la Tierra. ¿Quién querría matar al sol? Sin él toda vida desaparecería sobre la Tierra. ¿Quién negaría su existencia y su centralidad? En cambio, Aquel del cual es símbolo el sol, cuántas veces es negado e ignorado y con ello, de nuevo matado.

El Secreto

 

¿Cómo sabe el hombre dónde buscar su felicidad? Sin haberlo deseado se encuentra en un mundo cuyo origen desconoce, un mundo gobernado por reglas que apenas puede ir descubriendo a fuerza de equivocarse una y otra vez, y en el que cada una de sus caídas le hiere y le lastima. Se siente atraído por lo bello y por lo bueno, pero ¡cuántas veces cae en la maldad y en la fealdad! Es el ser humano al nacer semejante a un precioso y delicado instrumento musical cuidadosamente creado por un sabio artesano. ¿Quién sabrá extraer de él la melodía de la vida? ¿Dónde se encuentra el maestro que enseña, quién compondrá la partitura? "No hay más maestro que la vida misma, ni más melodía que la que cada uno compone". Así dicen los que jamás salen de noche a contemplar las miríadas de estrellas, ni quedan extasiados ante la salida del sol o su ocaso tras las montañas o el mar. Nunca pararon a escuchar la melodía de la brisa entonada por el bosque y coreada por el canto de los pájaros, ni oyeron en la penumbra de la hondura el suave murmullo de un arroyo.

Hay una bellísima melodía que suena en todo el universo, y el ser humano está destinado y llamado a ser parte de ella, pero ¿cómo será esto posible sin aprender y respetar las reglas y medidas de la música y de la belleza? Cada ser tiene un lugar en el que estar y una tarea que realizar, todos lo saben, solo el ser humano parece perdido. ¿Cómo podrá ser feliz quien no conoce su lugar ni su tarea? Este es el drama del hombre. Entre todos los seres, todos parecen conocer su lugar y su destino y lo aceptan sin oponerse, solo el ser humano anda de aquí para allá queriendo encontrar algo que no sabe muy bien lo que es ni dónde se halla. Solo el ser humano se rebela contra su destino y se hace daño a sí mismo y a otros. Tal vez sea su error el querer hallar, pues no se trata de encontrar -o poseer-, sino más bien de conocer, amar y servir aquello que no puede ni imaginar pero que sabe le supera. Muchos desean la felicidad, pero ¡qué pocos pueden llamarse felices! Y de entre esos pocos, ninguno que lo sea por poseer, sino más bien por amar y servir. Dicen los que lo atestiguan que Jesús vino al mundo en la pobreza más absoluta en una oscura gruta que servía de refugio a los animales. Aquel de quien todo procede a todo renunció y solo tomó de los bienes del mundo el amor de una familia. El que vino a salvar al mundo no tomó riquezas ni poder, tan solo se dio a sí mismo.

¿Quién puede ser más feliz que aquel que reclina la cabeza sobre el pecho del Maestro? Así es quien pone en él toda su confianza.

lunes, 21 de octubre de 2024

Mirad al cielo

Mirad al cielo, porque el Señor ha puesto una preciosa catequesis en él, a la vista de todos. De día el sol nos alumbra y da calor; nos enseña sobre el misterio de la Trinidad y nos explica el porqué del mal y la oscuridad en el mundo. De noche la luna nos enseña que, siendo una roca inerte y oscura, cuando se deja acariciar por el sol se ilumina y cobra vida, mientras que aquella parte que le oculta permanece oscura y sumida en las sombras y el frío de la muerte.

domingo, 13 de octubre de 2024

Luz y oscuridad

 

Cuentan de una madre que entró con su hijo en una catedral, y contemplando las preciosas vidrieras, el pequeño preguntó a su madre quiénes eran aquellos personajes que aparecían en ellas. La madre le respondió que eran los Santos; pero el hijo, insatisfecho con la respuesta, volvió a  preguntar quienes eran los Santos; entonces la madre, un poco desconcertada y sin saber muy bien qué responder para no dar lugar a nuevas preguntas, le dijo de manera tajante: “Los Santos son los que dejan pasar la luz”.

Asistía yo el otro día a una clase de enseñanza católica, y una de las personas presentes preguntó al profesor si podía explicar la aparición del mal y si es posible que el mal haya sido creado por Dios. No pude por menos que recordar esta pequeña historia de la madre, el hijo y los Santos de las vidrieras. Cuando formulamos esa pregunta, es como si preguntásemos si es posible que la oscuridad haya sido creada por el sol; y lo cierto es que de algún modo es verdad que el sol es el que da lugar a las sombras, si bien no parece correcto decir que las sombras son creadas por el sol, sino que es más exacto decir que las sombras son creadas por los objetos opacos que se interponen al paso de la luz. De la misma manera, son la soberbia y la desobediencia, el pecado original, la causa de que nos volvamos opacos y no dejemos pasar al Amor, que nos busca allí donde estemos, pero que jamás forzará la puerta cerrada, la ventana atrancada. 


sábado, 24 de agosto de 2024

Yo soy el que no soy

 

“Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.”

Génesis 1, 1


“ En el principio existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todo fue hecho por él y sin él nada se hizo. Cuanto ha sido hecho en él es vida, y la vida es la luz de los hombres.”

Juan 1, 1-4


Encuentro una gran similitud entre estos dos relatos de la Creación. En el relato del Génesis, Dios creó el mundo en siete días y después creó al hombre y la mujer, Adán y Eva; y como cosa creada por Dios todo era bueno, pero el espíritu del mal tentó a la mujer y ambos, hombre y mujer pecaron de desobediencia y el mundo se apartó de Dios y dejó de ser bueno.

En la segunda creación, la relatada por San Juan en su evangelio, Dios envía a su Hijo al mundo para recrearlo y devolverle la pureza primigenia. Si el primer hombre y la primera mujer pecaron por desobediencia, la nueva Eva, la Virgen María, y el nuevo Adán, Jesús, están solo motivados y guiados por la obediencia al Padre, y con ello restauran el mundo y abren la puerta de la salvación para toda la humanidad. De este modo nos muestran cómo ser hombre y cómo ser mujer. La obediencia a Dios es lo que da su ser al hombre y a la mujer, mientras que la desobediencia les hace perderlo. Ni hombre ni mujer son por sí mismos (“Yo soy el que soy”, le dice a Moisés la voz que oye en el Horeb), sino que ambos son seres creados que no solo reciben el ser de Dios, sino que todo lo que tienen les viene dado por Dios. Es por eso que una vida autorreferencial está condenada al vacío y a la nada, porque el hombre no es nada por sí mismo. 

Jesús y María nos muestran que solo una vida que se entrega en primer lugar a Dios y luego a los demás puede tener sentido, y de este modo nos salvan de ese vacío y esa nada que es la muerte.


lunes, 22 de julio de 2024

Ser o estar

 

Observo con admiración cómo el lenguaje nos condiciona y me gustaría reflexionar sobre ello. El lenguaje es probablemente si no la única vía por la que se transmite el pensamiento, sí la principal. Cuando digo una palabra quien la oye representa en su mente el concepto que esa palabra le sugiere. Si digo “mesa”, todo el mundo pensará más o menos en el mismo objeto, pero si digo “libertad” o “amor” ya no será tan sencillo, pues estas palabras encierran conceptos mucho más complejos que hacen referencia no a un objeto, sino a una realidad que atañe a cosas de orden humano, como los sentimientos, las creencias, la religión, la moral, los valores... Y es aquí donde nos jugamos mucho, porque si no logramos establecer el significado de esas palabras de forma que podamos expresarlo con claridad y defenderlo si fuera necesario, dejaremos abierta una puerta por la que nos podrán literalmente asaltar y engañar. Hay muchos ejemplos de esto, de cómo se tergiversa el significado de las palabras para hacer un uso interesado de ellas, como vemos tan a menudo en la publicidad, donde los publicistas pretenden convencernos de que si compramos tal o cual producto seremos más libres o más felices. El éxito de estas argucias lo demuestra el bombardeo continuo a que nos someten con este tipo de anuncios, pues si no fueran muchos los que creyesen tales engaños ningún empresario pagaría el alto costo de las campañas publicitarias. 

Esto es preocupante y merece reflexión, pero lo es aun más cuando el uso torticero del lenguaje induce a cometer errores que se cobran vidas. Es esto lo que esta ocurriendo en el caso del aborto, cuyos defensores utilizan de esta manera determinadas palabras. Se dice que el aborto constituye un derecho puesto que la mujer es dueña de su cuerpo y por tanto puede hacer con él lo que quiera, pero ¿quién es más libre, quien hace lo que quiere o quien quiere lo que debe hacer? ¿Quién fue más libre, Judas o Jesucristo? Esta forma de pensar es tan claramente falsa, que no resiste el menor análisis. Realmente entra en el campo de mi libertad hacer lo que estime oportuno con mi cuerpo, pero si eso que hago con mi cuerpo me causa un mal a mí o a otros, ¿puedo decir que he actuado libremente? Tal vez en el momento en que actué lo hice libremente, pero si hubiese sabido las consecuencias, con toda seguridad habría actuado de otro modo. Entonces, solo soy libre hasta donde puedo serlo. 

El aborto supone matar en el mismo seno de su madre al nuevo ser que ha venido a la vida. Ese nuevo ser no es el cuerpo de su madre, sino que está en él. La lengua castellana diferencia perfectamente entre los verbos ser y estar, cosa que no sucede con la lengua inglesa. La madre que aborta no toma una decisión sobre su cuerpo, la toma sobre la nueva vida que lleva en su seno y que ella misma no ha creado. 

Es triste ver cómo tan a menudo la ciencia cede el paso a la ideología. Así, cuando el científico Jèrôme Lejeune descubrió la causa del síndrome de Down, la que llamó “trisomía 21”, o suplemento cromosómico en el par 21 del ADN, pensó que su descubrimiento podría ser útil para tratar esa anomalía, pero lejos de ello, vio que se utilizaba para matar a los niños antes de su nacimiento, lo que le llevó a convertirse en firme defensor de la vida. Probablemente por esa causa, por su firme oposición al aborto, no se le concedió el premio Nobel, del que sin duda era merecedor por su descubrimiento. 

Las estimaciones sobre el número de abortos que se practican cada año en el mundo son realmente escandalosas; en las fechas más recientes de que hay datos se dan unas cifras en torno a los setenta millones de abortos al año. Setenta millones de muertes, setenta millones de niños a los que se ha quitado la vida en el seno de su madre. Ninguna guerra, ningún genocidio ha causado tal número de muertes en tan breve plazo. Algún día nos preguntaremos consternados cómo fue posible que esto ocurriese e incluso se defendiera como un derecho en los parlamentos del mundo.


viernes, 21 de junio de 2024

La zarza

Cuando miro los años de mi vida, lejos ya de su ecuador, veo que jamás habría podido llegar a donde ahora estoy si esa presencia, que ahora identifico como la de un Dios bueno y bondadoso, no hubiera velado por mí. Como padre y como madre me dejaba hacer hasta donde yo podía, y sin que yo lo notara, me apartaba de los peligros y me ayudaba a levantar de las caídas; restañaba mis heridas y consolaba mi llanto; me daba a veces lo que quería, aun cuando no fuese lo más conveniente, y otras me negaba lo que sin duda me habría sido perjudicial. Ahora que veo la obra casi terminada, los trazos aparecen en su lugar, y lo que antes parecía un conjunto de líneas y colores caóticos, es ahora una imagen casi nítida. Con paciente suavidad me ha ido conduciendo a donde él quería y convenía. Y aun ahora, lejos todavía, me hace señas, como diciendo "Por aquí, por aquí, este es el camino que te trae de vuelta a casa". Siento que incluso antes de yo nacer, ya velaba él por mí y allanaba el camino que habría de recorrer. Lo que puedo ver y recordar de mi vida no es más que una pequeñísima parte. Cuando medito en la vida de Jesús y de María, cuando contemplo el largo camino recorrido por el pueblo elegido, veo que todo esto forma parte también de mi vida, que no hubiera podido ser la misma sin ello. La zarza ardiente en lo alto del monte Horeb me parece imagen que prefigura a Jesús, llama de amor inextinguible en medio del dolor del mundo. La belleza de la Piedad de Miguel Ángel, nos presenta a una Virgen Niña, que sostiene sobre su regazo el cuerpo inerte de Jesús, muerto por mí, muerto por cada uno, para que yo viva, para que todos vivan. Es como si el artista hubiese querido plasmar la visión de Dios, no constreñida por el tiempo, juntando ambos acontecimientos, la concepción virginal y el sacrificio del cordero en un solo instante. Todo esto forma parte de mi vida, todo esto la ha conformado y hecho como es; aunque yo quisiera, no podría negarlo. "Porque tú formaste mis entrañas, tú me tejiste en el seno de mi madre." (Salmo 139).

jueves, 28 de marzo de 2024

La pregunta

 

Hay preguntas recurrentes, tanto que a veces se hacen molestas y uno prefiere olvidarlas, relegarlas a algún lugar recóndito de la conciencia. Una de estas preguntas es el porqué del mal. 

Mientras todo marche más o menos bien en nuestra vida, podremos estar relativamente cómodos con esa actitud, mas cuando las cosas no vayan como deseamos esa pregunta se manifestará de uno u otro modo, aunque solo sea como un sordo dolor en nuestro interior.

Si la vida y todo cuanto existe es producto del azar, entonces el mal no es más que un subproducto de ese azar, de forma que no hay posibilidad de entender su causa, y solo queda adoptar una estoica aceptación, ya que la negación de lo inevitable no hará más que aumentar el dolor.

Ahora bien, si aceptamos la existencia de un Creador -porque si algo existe ha de haber también una causa de lo que existe- la cuestión admite mayor consideración. Partir del punto de vista judeocristiano, para el que el Creador es un ser omnipotente y de bondad infinita, parece conducirnos a un callejón sin salida, pues si el Creador tiene esas dos cualidades, ¿cómo es posible que haya creado el mal? Ahora bien, sin duda ello obedece a que la pregunta está mal planteada, pues parte de la premisa de que el mal ha sido creado, lo cual no es posible aceptadas las cualidades del Creador. Entonces la pregunta habrá de ser reformulada y dirigirse a averiguar la causa por la que el mal ha aparecido.

En la concepción judeocristiana, el ser humano es una criatura que se vuelve contra su creador. Fue creado libre, y en ejercicio de esa libertad eligió alejarse -desobedecer- al Creador, que es el mismo Bien. Luego si por propia elección decidió alejarse del Bien, esta ha de ser la causa por la que apareció el mal. Ese acto primigenio llamado “pecado original” es esta decisión de desobedecer; decisión que en el fondo, ha de haber surgido del deseo de prescindir del Creador para ser contra Él y al margen de Él. Y ese acto, sea cual sea su relato, mantiene ahora su esencia, pues el ser humano de hoy, por simple soberbia, pretende negar su condición de ser creado y afirmar su independencia de toda instancia superior. Cuando, llevados por esta soberbia, pensamos que es posible instaurar la justicia y el bien en el mundo por medio de la sola y única acción humana, estamos cayendo de nuevo en ese mismo acto que dio lugar a la aparición del mal, pues estamos dejando a Dios a un lado, tal como si no existiese. 

Es frecuente oír a quien pregunta cómo permite Dios que exista el mal. Pero si es verdad que Dios puede anular los efectos del mal, también lo es que no podría evitar el mal mismo más que forzando la voluntad del que lo propicia, el ser humano; y esto sería contrario al bien, pues al crearlo lo creó como ser capaz de amar libremente, y el Creador no puede ir contra su propia creación porque sería tanto como ir contra sí mismo.

Se ha dicho que la Biblia es una carta de amor de Dios a los hombres. Y quien la lea y la escuche con atención y libre de prejuicios no podrá menos que estar de acuerdo. Ese Dios que creó al hombre y a la mujer no tenía necesidad de hacerlo, y por tanto solo pudo crearlos por amor. El Dios que tras la desobediencia primigenia fue en busca del hombre en la persona de Abraham, no hacía sino llamarlo de vuelta a casa. El Dios que se encarnó como ser humano, el Dios que experimentó los sufrimientos y alegrías de uno como nosotros; el Dios que entregó su vida de forma tan dolorosa, ignominiosa e inhumana; el Dios que se vio solo y abandonado por los suyos, torturado y humillado por los que le odiaban… Ese Dios buscaba al hombre y lo buscaba por amor. 

La mirada de Cristo a Pedro en el momento en que tras las tres negaciones cantó el gallo es una mirada dirigida a cada uno de nosotros, que le hemos negado, traicionado e ignorado muchas más de tres veces y que somos hijos de los que antes le habían negado, traicionado e ignorado. Pero Pedro se arrepintió y halló la mirada compasiva de Cristo, y con ella halló también perdón y consuelo. Sin embargo, Judas, que persistió en la negación hasta el final, no pudo hallar esa mirada compasiva y cayó en la desesperación que le llevó a quitarse la vida.

En el fondo, esa es la pregunta que hoy deseo hacerme, y es esta: ¿Qué mirada quiero encontrar al final de mi vida? ¿La mirada compasiva y misericordiosa de Dios, o la mirada desesperada de Judas? 

Que cada uno en su interior se haga esta pregunta, porque en ella lo jugamos todo.

martes, 5 de marzo de 2024

Reflexiones sobre el aborto

Las noticias se han sucedido con rapidez en las últimas semanas. Primero fue la decisión de la Corte suprema de Alabama al declarar que «los niños no nacidos son niños, sin excepción por su estado de desarrollo, lugar geográfico o cualquier otra característica secundaria». Esta declaración se dictó en relación con las demandas presentadas por la pérdida de embriones humanos congelados, atribuida por los demandantes a negligencia en su custodia. En sentido opuesto, Francia ha aprobado  recientemente una reforma en la que incluye el aborto como un derecho en su texto constitucional .


Si la Corte Suprema de Alabama está en lo cierto al considerar que los embriones humanos son niños, niños no nacidos, pero niños, es decir, seres humanos, Francia acaba de incluir en su Constitución el homicidio de niños inocentes e indefensos  otorgándole la categoría de derecho.


Es llamativo ver cómo las posturas respecto de este asunto parecen haberse convertido en un debate puramente ideológico. Los partidarios del aborto se llaman a sí mismos defensores de la libertad, mientras que los detractores se presentan como defensores de la vida. Aunque así fuera, aunque estas dos posiciones fuesen verdaderas, habría que decir que cuando hay conflicto entre derechos el derecho menor ha de ceder el paso al derecho mayor, y ciertamente, la vida es el derecho primigenio, el primer derecho, pues todos los demás derechos la tienen como base necesaria. Nadie puede ser libre si primero se le quita la vida. Entonces, ¿cómo se puede defender la libertad matando?


Pero por otra parte, toda persona inmersa en un debate ideológico es propensa a dejarse arrastrar por los sentimientos y estos dificultan enormemente la capacidad de razonar, de analizar con claridad lo que se está debatiendo.


Si dejásemos a un lado los sentimientos y pudiésemos contemplar sin apasionamiento lo que tratamos de entender, sin duda sería más sencillo ver con claridad. Pongamos, por ejemplo, el caso de la semilla de un árbol. ¿Es la semilla un árbol? Ciertamente no, y si la semilla se pierde o se destruye, se ha perdido una semilla, pero no un árbol. Ahora bien, si la semilla cae en tierra y germina, ¿es un árbol? Cierto es que no es un árbol en el que puedan anidar los pájaros, del que se puedan recoger frutos, o bajo cuya sombra pueda uno cobijarse, pero también lo es que hay ahí un árbol en desarrollo, aunque sea en sus primeros estadios. 

Así, con este ejemplo, resulta fácil ver cómo los sentimientos nublan la razón y la capacidad de análisis. Un embrión humano, una semilla humana germinada, como ha dictaminado la Corte de Alabama, es un ser humano. Como toda semilla germinada, como toda vida, es frágil y puede sucumbir en cualquier momento, pero no por eso deja de ser vida.


¿Qué estamos haciendo entonces? ¿Defendemos el derecho a la libertad al apoyar el aborto? ¿O más bien defendemos el derecho a poner fin a una vida inocente, cuya única culpa es no haber nacido? En todo crimen, a la hora de su resolución, resulta útil conocer los posibles móviles. ¿Cuáles son los móviles que inducen al aborto? Creo que todos ellos pueden incluirse en una sola palabra: miedo. Miedo a un niño o a una niña no nacidos. Afirmaba Santa Teresa de Calcuta que no hay sociedad más pobre que la que tiene miedo de un niño. También decía que el aborto es la causa de las guerras, porque si una madre tiene derecho a matar a su hijo o hija no nacidos, entonces ¿qué argumento puede darse para negar que cualquiera tiene derecho a matar?


Es también llamativo ver cómo se disfraza lo que realmente es el aborto con expresiones bien sonantes, tales como “interrupción voluntaria del embarazo”. Esta expresión, como todo disfraz, es una falsedad, pues una interrupción se produce cuando es posible la reanudación de lo que se interrumpe, pero lo que no se puede reanudar no es una interrupción, es un aborto, y este es su nombre. La madre, el padre, la familia y la sociedad perderán a uno de sus miembros, y nunca más podrán recuperarlo. No hay vuelta atrás. ¿Es eso libertad? Libertad es poder elegir, pero ¿se puede elegir libremente cuando es el miedo el que domina? Miedo al compromiso, a perder la figura, a no poder ir de fiesta, a  no poder pagar las facturas, a ser la madre del hijo o la hija de un agresor… ¿No sería más lógico que para apoyar la libertad ayudásemos a combatir el miedo? ¿Cómo es posible defender la muerte de inocentes en nombre de la libertad?


Son preguntas y reflexiones que nuestra sociedad debe hacerse y debatir madura y serenamente.


jueves, 15 de febrero de 2024

La niebla

 

Desde esta humilde tribuna, quisiera dejar constancia de una inquietud que me ronda el pensamiento desde hace tiempo. Es el fuerte sentimiento, o mejor, la firme convicción, de la apremiante urgencia que recae sobre nuestro tiempo de dilucidar el significado de tres palabras. Estas palabras no pueden ser otras que Libertad, Justicia y Amor.


Ya hacia los años veinte del siglo pasado, el poeta Paul Valéry se sintió inmerso en una sociedad que atravesaba un banco de niebla. Esta niebla, tan espesa, nos ha hecho perder el rumbo, y al permanecer tanto en el tiempo, nos ha llevado a olvidar cuál era la meta marcada, Así hemos navegado sin rumbo cierto hacia no se sabe qué inhóspitos parajes. Y aunque aún seguimos inmersos en la confusión, hay signos que anuncian el fin de la oscuridad, pero necesitamos recuperar la confianza en que hay un destino que alcanzar y en que nos es posible llegar a él.


Afronto pues, la tarea de intentar vislumbrar lo que hay tras la niebla para poder dirigir esta navecilla que es mi vida hacia la tierra firme que ansío. Tampoco puedo menos que invitar a cada uno a hacer lo mismo, pues la meta a que me refiero nos llama a todos, y nos necesitamos los unos a los otros para alcanzarla.


Así, veo que estas tres palabras, Libertad, Justicia y Amor, son como el mapa que nos permite navegar evitando escollos y peligros, pero es necesario limpiarlas de tanta roña y suciedad como se ha ido arrojando sobre ellas hasta el punto de hacerlas irreconocibles.


Empiezo, pues, aunque sin la pretensión de acabar el trabajo, sino tan solo de esbozar un comienzo.


La libertad entendida como posibilidad de elección está bien, pero no es suficiente, necesitamos entender en qué consiste esa posibilidad. Si interpreto que la libertad me confiere el derecho a satisfacer mis deseos y evitar mis temores estoy cayendo en la confusión. La libertad es ciertamente el derecho a elegir, pero no a elegir cualquier cosa, sino aquello que me dignifica como persona. En esta elección no son buenos consejeros los deseos y los temores, pues estos obedecen más a las pasiones que al conocimiento. Así, ¡cuántas veces en mi vida he deseado lo que luego no me ha satisfecho o incluso aquello que me ha dañado, y cuántas otras he dejado de desear aquello que ahora quisiera haber deseado! En este sentido veo que he sido como alguien a quien se hubiese dado un instrumento, un violín, por ejemplo, y admitido dentro de una orquesta sin tener preparación para ello. Por eso mi actuación en la orquesta ha sido deplorable. Dejé de tocar cuando debía hacerlo, toqué cuando no correspondía y falté a la melodía en todo momento. Fuera de mi lamentable actuación en la orquesta, percibo que la melodía resulta apenas reconocible por haber tantos en parecida situación a la mía. Semejante a esta es la situación de los que hemos caído en el error de creer que el contenido de la libertad queda a nuestro libre albedrío. Nos parecemos también a un mono de circo al que se permitiera hacer su antojo fuera de las horas de trabajo y creyera por ello ser libre. No es la libertad hacer lo que se quiera, sino aquello a lo que se está destinado, aquello para lo que se ha nacido, aquello que nos identifica como lo que somos. Averiguar en qué consiste ser persona humana es tarea que cada cual ha de acometer con determinada determinación, pero tarea en la que nos va la vida y que no puede realizarse en solitario, sino solo con la ayuda de otros, y en especial de aquellos a los que se ha regalado la capacidad de enseñar.


¿Qué decir ahora de la justicia? La acepción más común es afirmar que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Pero esta definición, siendo cierta, es tan amplia y ambigua que resulta difícil hacer uso de ella sin confundirse. ¿Hasta dónde llega ese dar – o quitar -, cuáles son sus límites? ¿A quién se atribuye el definir lo que a cada uno corresponde? Llama la atención ver cómo las tres palabras que analizamos están íntimamente ligadas. Si aceptamos como cierto el significado de libertad que antes hemos sugerido, podemos admitir que la justicia consiste en permitir y facilitar a cada persona la tarea de alcanzar la libertad, pero también en trabajar cada uno seria y responsablemente por su propia libertad sin atentar contra la de los demás.


Y por último, ¿qué podremos decir del Amor? ¿Quién ama más que aquel que trabaja por ser libre y por contribuir a la liberación de los demás? Comúnmente se entiende por amor un fuerte sentimiento de afecto, pero en demasiadas ocasiones este sentimiento va unido – y contaminado – por el propósito de satisfacer los propios deseos y de rellenar las propias carencias. El amor por el contrario, cuando lo es de verdad, no desea más que la felicidad del otro, aun a costa de los propios deseos. Amar no es tomar, sino darse. En relación con el significado de las otras dos palabras, libertad y justicia, amar es desear que los demás sean libres y no sufran por causa de la injusticia.


Después de lo dicho, me doy cuenta de que al pensar sobre el significado de estas tres palabras, Libertad, Justicia y Amor, me viene inevitablemente al pensamiento el significado de una cuarta palabra:


P A Z


domingo, 29 de octubre de 2023

La Ciudad

Me parece bonito, y también inspirador, que dentro de la palabra "ciudad" se esconda esta otra: "cuidad".

Es como si se nos invitara a cuidar de la propia ciudad y con ella de los que la habitan. 

Creo que con el paso del tiempo hemos olvidado la razón del surgimiento de la ciudad. Aun cuando es verdad que en lo humano todo anda mezclado, lo noble con lo innoble, lo puro con lo impuro, en su concepción más noble no surgió por mera agregación de personas y casas, sino como proyecto común en el cual un grupo de personas colaboran para sostenerla y al mismo tiempo se benefician de su existencia. 

Esa consciencia fundacional sigue existiendo, por eso uno siente que pertenece a su ciudad y se identifica como paisano de aquellos con quienes comparte el gentilicio, pero se ha vuelto tan difusa que también es frecuente encontrar, sobre todo en las grandes ciudades, un exacerbado individualismo que se manifiesta de forma patente en la suciedad arrojada por los que no tienen reparo en ensuciar y dañar calles y plazas al no sentirlas como algo propio; en lo frío y algo inhumano de esas mismas calles y plazas, donde con frecuencia no hay lugar para el sosiego y el espacio se ha rendido casi sin condiciones al incesante fluir del tráfico; también en el olvido del saludo como expresión de cercanía y de disponibilidad, costumbre cada vez más rara. 

Son muchos los síntomas que nos llevan a reconocer una ciudad deshumanizada, desprovista ya de su intención primigenia como lugar acogedor para el ser humano. 

Por eso está bien notar que esa palabra -cuidad- está ahí para recordarnos que nos seguimos necesitando los unos a los otros.