Comienza el año y descubro con
asombro, a pesar de no ser la primera vez que me ocurre ni probablemente la
última, que algo que creía saber, en realidad no sólo no lo sabía, sino que
andaba completamente perdido. Y ese algo es el sentido del humor, que como
prácticamente todo el mundo, yo creía tener claro lo que es, pero que según
ahora descubro no solo no es lo que yo creía que era, sino que no es ni
parecido. En fin, que se me ha abierto una ventanita por la que ahora entra algo
de luz donde antes había mucha oscuridad. Y esta ventanita la ha abierto Fidel
Delgado, el autodenominado “Titiripeuta”, a quien ya considero amigo y maestro. Muy
recomendable porque ofrece una nueva, lúcida y refrescante visión de
la vida. Un regalo de Reyes, que no me esperaba y que me ha hecho muchísima ilusión.
miércoles, 6 de enero de 2016
viernes, 27 de noviembre de 2015
Caminar en la Belleza
“Levantose, pues, comió y bebió, y anduvo con la fuerza de aquella
comida durante cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, Horeb.
Allí metióse en una cueva, donde pasó la noche, y le dirigió Yavé su palabra,
diciendo: “¿Qué haces aquí, Elías?” (…) Díjole Yavé: “Sal afuera y ponte en el
monte ante Yavé. Y he aquí que va a pasar Yavé”. Y delante de él pasó un viento
fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas, pero no estaba
Yavé en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yavé en
el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yavé en el fuego.
Tras el fuego vino un ligero y blando susurro. Cuando lo oyó Elías, cubrióse el
rostro con su manto, y saliendo se puso en pie a la entrada de la caverna, y
oyó una voz que le dirigía estas palabras: “¿Qué haces aquí, Elías?” (1 Reyes 19, 8-13)
Si me detengo a pensarlo veo que,
como ser humano, me muevo en tres dimensiones: dos que podríamos llamar
materiales, el espacio y el tiempo, y una tercera que escapa a lo material y
que es la espiritual. Mi cuerpo, como estructura material que es, existe
condicionado por las dos primeras, el espacio y el tiempo; pero mi alma
pertenece a la dimensión espiritual y no se ve sometida a las otras dos
dimensiones más que en cuanto está unida al cuerpo que habita. A través de mi
cuerpo puedo relacionarme con el mundo material que me rodea y del que mi
propio cuerpo forma parte; a través del pensamiento me relaciono con el mundo
espiritual; mundo que también se manifiesta en el espacio y en el tiempo,
aunque no esté sometido a ellos porque su naturaleza es otra. Este mundo
espiritual está más próximo que el material al Principio en el que todo halla
su origen, pues aun procediendo ambos de un mismo origen, lo material se encuentra
más alejado de aquella Causa Primera. De esta forma se unen en mí dos
naturalezas distintas, la material y la espiritual, pero la primera es más
tosca y pesada, y la segunda más elevada y pura. La misma posición corporal del
ser humano denota esta dualidad, con la cabeza en la posición más elevada y los
pies en la más baja, sobre la tierra. Como ser material estoy sometido a las
leyes de la materia; como ser espiritual soy libre, sin ataduras, aunque el
espíritu también tiene sus propias leyes. Hallar el equilibrio entre estas dos
naturalezas es parte de mi tarea en tanto me encuentre en este estado; y saber
que mi naturaleza espiritual es superior a la material es el conocimiento que
más necesito a la hora de orientarme en la oscuridad que reina en el mundo
material.
Dios es espíritu; por eso se presenta a Elías en el texto bíblico citado como un suave soplo, porque el espíritu es sutil, mientras que la materia es ruda. La capacidad de pensar y conocer del ser humano es la manifestación del Espíritu de Dios en él, pero la naturaleza material en la que se mueve y de la que ha nacido su cuerpo es también manifestación de Dios, y estando unido a ella, observándola, amándola y respetándola su pensamiento se armoniza con la fuente de la que proceden sus dos naturalezas, con lo cual ambas naturalezas, la material y la espiritual, también se armonizan en él. Esto es lo que los Lakota llamaban “Caminar en la Belleza”:
Dios es espíritu; por eso se presenta a Elías en el texto bíblico citado como un suave soplo, porque el espíritu es sutil, mientras que la materia es ruda. La capacidad de pensar y conocer del ser humano es la manifestación del Espíritu de Dios en él, pero la naturaleza material en la que se mueve y de la que ha nacido su cuerpo es también manifestación de Dios, y estando unido a ella, observándola, amándola y respetándola su pensamiento se armoniza con la fuente de la que proceden sus dos naturalezas, con lo cual ambas naturalezas, la material y la espiritual, también se armonizan en él. Esto es lo que los Lakota llamaban “Caminar en la Belleza”:
“Existe una manera de vivir a la que los Lakota llamaban “Caminar en la
Belleza”. Se dice que uno camina en la Belleza cuando tiene su Tierra (cuerpo
físico) y su Cielo (alma) en Armonía. O dicho en otras palabras, vive para el
Espíritu, pero con los pies en el suelo.”
domingo, 18 de octubre de 2015
La taza de barro
¿Quién ha podido contemplar
alguna vez un pájaro de manera completa? O incluso, lo que parece más sencillo,
¿quién ha podido contemplar en su totalidad una simple hoja? No sería veraz quien lo afirmase. Y si esto es así con los objetos sensibles, ¡cuánto más lo será con lo
Real! ¿Quién podría definir su esencia? ¿Quién sería capaz de contenerlo en
ideas o palabras? Es del todo imposible.
Entonces, del mismo modo que
hemos de contentarnos con visiones parciales de las cosas, tendremos que aceptar como inevitable tener
siempre una comprensión limitada de lo Real. Y por limitada, forzosamente
incompleta. Si aceptamos que esta limitación es común a todo ser humano, ¿quién
podrá afirmar que su concepción de Dios es la única verdadera? Se podrá objetar
que cuando esa concepción procede de una revelación auténtica no puede ser
cuestionada. Ahora bien, no se trata de cuestionarla, sino de aceptar que toda
revelación es limitada e incompleta igualmente; y lo es no por Aquel de Quien
procede, sino por aquel a quien va dirigida, al cual no le es dado contemplar
sino aquella parte de lo Real que le es asumible desde su perspectiva; es
decir, desde el lugar que ocupa en el
mundo. Afirmar que sólo la propia revelación es verdadera es negar la
perspectiva del otro y es también, por tanto, negarle su derecho a existir y
ocupar un lugar en el mundo, lo cual, ciertamente, va en contra de lo que ha
sido dispuesto por Aquel en cuyas manos está la existencia.
Esto es así porque toda
revelación tiene un destinatario y es a él a quien resulta comprensible; aunque la revelación, por su origen, sobrepase en mucho la capacidad
del que la recibe, quien no podrá tomar sino una parte de lo que se le entrega.
Es como si el océano se vertiese en una taza de barro.
martes, 11 de agosto de 2015
La hora más oscura
Dicen que la hora más oscura es
la que precede al alba. Pudiera ser que ahora nos encontrásemos en un momento
semejante a ese. Y es que esta hora que vivimos es realmente oscura. Los
hombres han olvidado lo que importa y en su mayoría carecen de un centro que les permita situar en el lugar correcto
todo lo que pertenece a la periferia. Han olvidado que el pecado existe porque ellos lo inventaron y por tanto parecen ignorar que consiste en tomar la parte por el todo;
de tal forma que piensan que el hombre es el todo y esto les ha conducido a
atribuirse un lugar que no les corresponde. Es por eso que tratan a la Madre
Tierra como si fuese un objeto de su propiedad; la utilizan como mercancía que
puede comprarse y venderse; y lo mismo hacen con todos los seres que la
habitan, incluso con sus propios hermanos.
Pero en medio de la oscuridad, allá
lejos, en el horizonte, ya se adivina el alba, y en algún lugar el mirlo entona su canto anunciando
el amanecer de un nuevo día. El día y la noche forman parte de la realidad que vivimos. Ambos son necesarios y uno no puede ser sin el otro, por eso es bueno dar gracias por ambos y no olvidar nunca que tras la noche viene el día.
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