Desde esta humilde tribuna, quisiera dejar constancia de una
inquietud que me ronda el pensamiento desde hace tiempo. Es el fuerte sentimiento, o
mejor, la firme convicción, de la apremiante urgencia que recae
sobre nuestro tiempo de dilucidar el significado de tres palabras.
Estas palabras no pueden ser otras que Libertad, Justicia y Amor.
Ya hacia los años
veinte del siglo pasado, el poeta Paul Valéry se sintió inmerso en
una sociedad que atravesaba un banco de niebla. Esta niebla, tan
espesa, nos ha hecho perder el rumbo, y al permanecer tanto en el
tiempo, nos ha llevado a olvidar cuál era la meta marcada, Así
hemos navegado sin rumbo cierto hacia no se sabe qué inhóspitos
parajes. Y aunque aún seguimos inmersos en la confusión, hay signos
que anuncian el fin de la oscuridad, pero necesitamos recuperar la
confianza en que hay un destino que alcanzar y en que nos es posible
llegar a él.
Afronto pues, la tarea
de intentar vislumbrar lo que hay tras la niebla para poder dirigir
esta navecilla que es mi vida hacia la tierra firme que ansío.
Tampoco puedo menos que invitar a cada uno a hacer lo mismo, pues la
meta a que me refiero nos llama a todos, y nos necesitamos los unos a
los otros para alcanzarla.
Así, veo que estas
tres palabras, Libertad, Justicia y Amor, son como el mapa que nos
permite navegar evitando escollos y peligros, pero es necesario
limpiarlas de tanta roña y suciedad como se ha ido arrojando sobre
ellas hasta el punto de hacerlas irreconocibles.
Empiezo, pues,
aunque sin la pretensión de acabar el trabajo, sino tan solo de
esbozar un comienzo.
La libertad
entendida como posibilidad de elección está bien, pero no es
suficiente, necesitamos entender en qué consiste esa posibilidad. Si
interpreto que la libertad me confiere el derecho a satisfacer mis
deseos y evitar mis temores estoy cayendo en la confusión. La
libertad es ciertamente el derecho a elegir, pero no a elegir
cualquier cosa, sino aquello que me dignifica como persona. En esta
elección no son buenos consejeros los deseos y los temores, pues
estos obedecen más a las pasiones que al conocimiento. Así,
¡cuántas veces en mi vida he deseado lo que luego no me ha
satisfecho o incluso aquello que me ha dañado, y
cuántas otras he dejado de desear aquello que ahora quisiera haber
deseado! En este sentido veo que he sido como alguien a quien se
hubiese dado un instrumento, un violín, por ejemplo, y admitido
dentro de una orquesta sin tener preparación para ello. Por eso mi
actuación en la orquesta ha sido deplorable. Dejé de tocar cuando
debía hacerlo, toqué cuando no correspondía y falté a la melodía
en todo momento. Fuera de mi lamentable actuación en la orquesta,
percibo que la melodía resulta apenas reconocible por haber tantos
en parecida situación a la mía. Semejante a esta es la situación de los que hemos caído en
el error de creer que el contenido de la libertad queda a nuestro
libre albedrío. Nos parecemos también a un mono de circo al que se
permitiera hacer su antojo fuera de las horas de trabajo y creyera por ello ser libre. No es la libertad hacer lo que se quiera, sino
aquello a lo que se está destinado, aquello para lo que se ha
nacido, aquello que nos identifica como lo que somos. Averiguar en
qué consiste ser persona humana es tarea que cada cual ha de acometer con determinada determinación, pero tarea en la que nos va la vida y que no puede realizarse en solitario, sino solo con la ayuda de
otros, y en especial de aquellos a los que se ha regalado la
capacidad de enseñar.
¿Qué decir ahora
de la justicia? La acepción más común es afirmar que consiste en
dar a cada uno lo que le corresponde. Pero esta definición, siendo
cierta, es tan amplia y ambigua que resulta difícil hacer uso de
ella sin confundirse. ¿Hasta dónde llega ese dar – o quitar -,
cuáles son sus límites? ¿A quién se atribuye el definir lo que a
cada uno corresponde? Llama la atención ver cómo las tres palabras
que analizamos están íntimamente ligadas. Si aceptamos como cierto
el significado de libertad que antes hemos sugerido, podemos admitir que
la justicia consiste en permitir y facilitar a cada persona la tarea
de alcanzar la libertad, pero también en trabajar cada uno seria y
responsablemente por su propia libertad sin atentar contra la de los
demás.
Y por último, ¿qué
podremos decir del Amor? ¿Quién ama más que aquel que trabaja por ser libre y por contribuir a la liberación de los demás? Comúnmente se entiende por amor
un fuerte sentimiento de afecto, pero en demasiadas ocasiones este
sentimiento va unido – y contaminado – por el propósito de
satisfacer los propios deseos y de rellenar las propias carencias. El
amor por el contrario, cuando lo es de verdad, no desea más que la
felicidad del otro, aun a costa de los propios deseos. Amar no es
tomar, sino darse. En relación con el significado de las otras dos
palabras, libertad y justicia, amar es desear que los demás sean
libres y no sufran por causa de la injusticia.
Después de lo
dicho, me doy cuenta de que al pensar sobre el significado de estas tres
palabras, Libertad, Justicia y Amor, me viene inevitablemente al pensamiento el significado de una cuarta palabra:
P A Z